dilluns 6 de febrer de 2012

La salud y la cura de animales en la Valencia medieval

Carmel Ferragud Domingo: La cura dels animals. Menescals i menescalia a la València medieval, Catarroja, Afers, 2009, 261 pp. (Recerca i pensament; 49).

* * *

La monografía de Carmel Ferragud Domingo es el resultado de una línea de investigación apenas tratada por quienes se dedican al estudio de la medicina durante el periodo medieval hispano, como es el ámbito de la salud y la cura de los animales, en especial el relacionado con los equinos. La importancia de estos animales (mulas y asnos) en las tareas agrarias de las familias campesinas, pero también en otras de mayor proyección social, como las de los comerciantes en el ámbito urbano, y la alcanzada por el caballo en la guerra y como representación del prestigio de los miembros de las élites (monarquía, nobleza, patriciado urbano) de la época queda fuera de duda, llegando muchas de las veces a ser considerados por sus dueños como una parte de la família. Una obra que plantea los resultados de unos temas sobre los que Ferragud Domingo ya ha trabajado con anterioridad en colaboración con otro investigador, Lluís Cifuentes, y cuya importancia ha puesto de manifiesto en su tesis doctoral, defendida en 2002 y publicada posteriormente en 2005, con el título: Medicina i promoció social a la Baixa Edat Mitjana (Corona d’Aragó, 1350-1410), Madrid, CSIC. El libro aquí reseñado se centra principalmente en la ciudad de Valencia, y para ello el autor ha utilizado, como hilo conductor, parte de un proceso judicial contra un menescal (albéitar en castellano) —Antoni de Vilaspinosa— acusado de negligencia profesional, conservado en el Archivo del Reino de Valencia. Un documento que le ha permitido establecer un interesante entramado no sólo de lo que resultó el tratamiento y la cura de caballos en la dinámica ciudad valenciana, sino también las implicaciones socioeconómicas de aquellos que ejercían el oficio. El grueso de la documentación manejada se custodia en el mencionado archivo valenciano y en el Archivo de la Corona de Aragón, aunque también ha consultado otros archivos, como el Archivo Capitular de la Catedral de Barcelona, el Archivo Histórico de Protocolos de Girona, el Archivo Municipal de Alcoy y el Archivo de Protocolos del Colegio del Patriarca de Valencia. Otras fuentes empleadas, como las literarias y las iconográficas, han tenido una relevancia menor en el resultado final del trabajo.
Por lo que respecta a la estructura del libro, el autor lo divide en tres grandes apartados, delimitados por una temática distinta, aunque como núcleo central siempre está presente la atención sanitaria ofrecida a los animales. En el primero titulado “La cura dels animals i la pràctica de la menescalia”, se refleja el valor adquirido por los animales —preferentemente los caballos— en la sociedad de finales de la Edad Media, así como los aspectos médicos (galenismo y empirismo), religiosos (oraciones), supersticiosos (conjuros) y populares (pociones, hierbas y talismanes) que influyeron en su tratamiento. Se aborda de pasada la importancia de otros animales en los estamentos privilegiados de la época, como aves de presa, perros de caza o animales exóticos propios de las casas reales (leones, osos, leopardos, camellos, papagayos, pavos…), de gran carga simbólica y cuya posesión distinguía a su poseedor y sobre los que los menescals también ejercieron sus saberes; mientras otros animales, por lo general los destinados al consumo humano, como las aves de corral, los cerdos, los conejos, las ovejas, las palomas…, quedaban fuera de su atención, lo que produjo una especialización sobre los animales de gran valor y rendimiento económico y social. Igualmente, Ferragud Domingo vincula el origen de los menescals con los herreros, poseedores estos últimos de un bagaje médico producto del empirismo, aunque con el tiempo los primeros acaben especializándose en la cura de equinos, sobre todo en el entorno urbano. Una afinidad herreros-menescals/albéitares muy habitual en otros reinos peninsulares y difícil de separar puesto que sus funciones —el trabajo del hierro y el sanitario— se complementaban en numerosas ocasiones, sin dejar de lado una de las actividades comerciales más lucrativas que podían ejercer, como el alquiler y la venta de bestias de su propiedad. El autor recoge las principales fuentes doctrinales que circulaban y utilizaban estos personajes en el ámbito de la Corona de Aragón, basadas, como sucedía en la medicina humana, en el corpus doctrinal hipocrático, primeramente aplicadas al caso de los caballos por algunos teóricos italianos, traducidos posteriormente al catalán, aunque ya en el siglo XV se documentan tratados de autores locales, como Manuel Díez, que alcanzan gran difusión. Era necesario, y así lo plantea Ferragud Domingo, completar esta parte con una visión de los ámbitos —doméstico y laboral— en donde se practicaba la menescalia y sus implicaciones tanto personales por parte de los propios menescals como desde un punto de vista de la salud pública, al igual que del aprendizaje del oficio y de la importancia que los esclavos tuvieron en su práctica.
La segunda parte, “Els practicants de la menescalia a la ciutat de València”, se centra en la importancia que tuvo para algunos menescals ofrecer sus servicios a las élites sociales y el prestigio alcanzado tanto por algunos cristianos (los Vilaspinosa y los Faberzà) como por ciertas familias musulmanas (los Bellvís y los Abenxoa). Un oficio aparentemente vedado para las mujeres, percepción favorecida por el silencio de las fuentes respecto a su práctica, y digo aparentemente porque no parece que en ningún momento las distintas legislaciones, y entre ellas los Furs, lo prohibieran, y en el que la presencia judía brilla por su ausencia. Pero este apartado va más allá que la simple descripción de la evolución de cada uno de los profesionales que ejercieron el arte de la menescalia. Aquí el autor plantea de forma clara y rigurosa los encontrados intereses que existían entre los miembros de las diversas familias y las disputas (algunas de ellas ante los tribunales) con otros menescals, con el fi n de alcanzar un lugar destacado en su oficio, lo que llevaba implicado un aumento del prestigio y autoridad. Cuestiones que se comprueban sobre todo en el caso de las dos familias musulmanas, ambas con gran poder político y económico en la Corona de Aragón. Finaliza el capítulo con dos cuadros genealógicos de las familias Bellvís y Faberzà (pp. 140-141) de gran ayuda para poder ubicar a los protagonistas en el contexto narrativo.
La tercera y última parte se titula “Sociabilitat i economia. Els beneficis de la pràctica de la menescalia”. En ella el autor reconoce que la mayor parte de los menescals cristianos no pasaron de pertenecer a las clases medias de la sociedad, desde un punto de vista socioeconómico, aunque hay algún ejemplo, como el de Ramón Faberzà que vivió en condiciones semejantes a los miembros del patriciado urbano. El estudio del inventario de los bienes de este último (1346), realizado tras su fallecimiento, es un excelente ejemplo de uno de aquellos —pocos— que adquirieron gran prestigio en la ciudad de Valencia, llegando incluso estar al servicio de los monarcas. Una familia, la de los Faberzà, algunos de cuyos miembros llegaron a ser consellers de dicha ciudad entre los años 1306-1355, algo inusual entre los practicantes de la medicina animal. Por lo que respecta a las familias de menescals mudéjares vinculadas con la corte, éstas obtuvieron un importante poder político en el ámbito de las instituciones musulmanas —aljamas— en gran parte de los territorios de la Corona de Aragón. Así, miembros de la familia Abenxoa tuvieron en sus manos diferentes cargos, entre los años 1319 y 1361, en Huesca, Zaragoza, Tarazona, Huesca, Tortosa y otros lugares el reino de Valencia; mientras que los Bellvís alcanzaron representación en Huesca, Zaragoza, Borja, Tarazona, Calatayud, Lérida, Valencia, Játiva, Elche y Crevillente, entre 1339 y 1418. Ferragud Domingo concluye esta parte con unas breves pinceladas sobre la importancia y la antigüedad de la cofradía de los herreros, menescals y plateros de la ciudad de Valencia, cuyas Ordenanzas fueron establecidas el 8 de mayo de 1298 por el rey Jaime II, bajo la advocación a San Eloy, hasta finales de la Edad Media, momento en que la separación entre los menescals y herreros es definitiva.
Finaliza el libro con unas concisas conclusiones bien estructuradas, un amplio apéndice documental, un glosario de términos que tienen que ver con la menescalia, los aparejos de los caballos o que, según Ferragud Domingo, resultan de interés para entender las características del proceso judicial al citado Antoni de Vilaspinosa, y una completa bibliografía. Tan sólo se echa en falta un índice de lugares y de nombres propios, tan útil en estos casos como herramienta de trabajo. Aunque es cierto —ya lo he repetido en alguna que otra ocasión— hay veces en que esta ausencia de índices no hay que achacarlo al autor sino a políticas propias de las editoriales.
No quiero concluir sin felicitar al autor por el excelente trabajo realizado. Un tema prácticamente inédito en la historiografía medieval referente a los reinos hispanos. No en vano fue galardonado con el premio “Senyera d’Investigacions Històriques 2004”.

Fernando Serrano Larráyoz
Universidad de Alcalá de Henares
Anuario de Estudios Medievales, 41/2 (2011), pp. 951-953

0 comentaris: